LA VIGA DE LAS SIETE DE LA MAÑANA
Sheinbaum convoca a acabar con el odio desde el mismo estrado donde lo administra a diario
«Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo.» — Lucas 6, 42
No hace falta creer en la divinidad de nadie para leer los evangelios como pieza literaria con provecho.
Aun despojados de toda fe —leídos como lo que también son, literatura antigua que sobrevivió veinte siglos— los relatos de Lucas, Mateo y los demás conservan un poder que pocos textos alcanzan: destilan conductas humanas en su forma más pura.
La envidia, la soberbia, la traición, la piedad, la hipocresía no han cambiado de anatomía desde entonces; solo de vestuario. Por eso una parábola escrita para pescadores de Galilea sigue describiendo, con precisión incómoda, a un funcionario del siglo XXI. El agnóstico puede prescindir del cielo y quedarse con el diagnóstico. Y el diagnóstico, hoy, viene firmado por Lucas.
El evangelio de este día trae uno de esos versículos que Lucas escribió, se diría, pensando en el México de 2026. Jesús pregunta por qué miramos la paja en el ojo del hermano sin reparar en la viga que traemos en el propio, y remata con una palabra que no admite traducción amable: hipócrita.
Saca primero la viga de tu ojo —dice— y entonces verás bien para sacar la paja del ajeno. No pide callar la crítica. Pide algo más incómodo: verse a uno mismo antes de corregir a los demás.
Vale la pena leer ese pasaje con la mañanera de fondo, ahora que la Presidenta ha hecho suyo el llamado a terminar con «las campañas del odio». Es una consigna que suena bien. Suena, de hecho, a mansedumbre evangélica: basta de crispación, basta de descalificar al que piensa distinto, tendamos puentes. Quién podría estar en contra.
El problema no es el enunciado. El problema es el púlpito desde donde se pronuncia. Porque ese mismo estrado, a las siete de la mañana, es el lugar donde el adjetivo se administra como sacramento diario.
Conservador. Traidor a la patria. Mafia. Prensa vendida. Alcahuete. Corrupto por asociación.
El repertorio está catalogado y se dispensa con puntualidad litúrgica contra periodistas, jueces, opositores, organismos autónomos y cualquiera que ose el disenso. Denunciar el odio desde ahí no es un examen de conciencia: es la maniobra exacta que Lucas describe.
La paja en el ojo del adversario se distingue con nitidez de madrugada. La viga propia —la del aparato que descalifica sin descanso— no aparece nunca en la pantalla del salón Tesorería.
1.ANATOMÍA DE LA OPERACIÓN MAÑANERA
Primero está el monopolio del diagnóstico. En este relato, el odio siempre es de los otros. Quien lo denuncia se coloca automáticamente fuera de la ecuación, en el sitio del que observa y no del que es observado.
Pero la parábola de Lucas es precisamente sobre eso: el ojo que juzga es el único que no se mira a sí mismo.
En el instante en que alguien se declara inmune a la falta que reprocha, la parábola ya lo alcanzó. No hace falta que un adversario lo señale; lo señala el texto.
Después viene lo que podríamos llamar el confesionario invertido. La mañanera tiene la forma de un rito de contrición —hay un examen público, hay señalamiento de pecados, hay penitencia mediática— pero corre en sentido único.
Nunca se confiesa la viga propia; se enumera, con lujo de detalle, la paja ajena. Es un confesionario donde el penitente acusa y el confesor absuelve, y ambos son la misma persona. El género existe desde que existe el poder, pero pocas veces se había ejercido con esta disciplina.
Y está, por último, la pieza más hábil: la caridad como coartada. «Acabemos con el odio» tiene la gramática de una virtud cristiana, pero la función de una orden de silencio. Es una manera elegante de pedir que el crítico deponga las armas mientras el aparato conserva las suyas. Se invoca la paz para desarmar a una sola de las partes.
Y aquí es donde el evangelio de hoy resulta, políticamente, tan filoso: Lucas desactiva por adelantado esa jugada. No dice «convivan sin señalar la paja del hermano». Dice: primero tú, luego el hermano. El orden no es decorativo. Es la condición entera del mandato. Sin autoexamen previo, el llamado a la concordia no es caridad: es censura con incienso.
No se trata de negar que en México sobra crispación, ni de pretender que la oposición sea un dechado de temperancia —no lo es—. Se trata de una asimetría de poder. Un ciudadano que insulta desde su cuenta de redes y una jefa de Estado que califica desde la tribuna oficial, con la fuerza del Estado detrás y las cámaras encendidas, no cometen la misma falta ni ocupan el mismo lugar en la parábola.
La viga se mide en proporción al ojo que la carga. Y no hay en el país ojo de mayor alcance que el de Claudia Sheinbaum en la mañanera, como antes lo fue el de López Obrador.
De modo que el evangelio de este día ofrece, casi sin quererlo, un método. A cada convocatoria a terminar con el odio habría que responder con la pregunta de Lucas, sin sarcasmo y sin rencor, con la seriedad del texto: ¿y la viga? ¿Cuándo el examen de conciencia mira hacia adentro y la enumeración de las faltas incluye las propias?
El día que la respuesta llegue —el día que desde ese estrado se reconozca la viga que trae en el ojo antes de señalar la paja del vecino— el llamado a la concordia dejará de ser consigna y empezará a ser lo que
Jesús pedía. Mientras tanto, seguirá siendo lo que hoy es: la paja ajena narrada por quien no se ha visto la viga.
Y la viga, a las siete de la mañana, se ve enorme. Solo que la cámara apunta siempre en la otra dirección.
