Gastar mejor
Publicado en El Norte 8 de septiembre
Hoy martes se entregará a la Cámara de Diputados el proyecto de Ley de Ingresos y el Presupuesto de Egresos, como lo marca el artículo 74 de la Constitución, de esta fecha hasta el 15 de noviembre del mismo año.
Este paquete se aprueba en dos pasos. La Ley de Ingresos debe quedar aprobada el 31 de octubre de cada año; este documento contiene las expectativas de lo que el Gobierno federal pretende ingresar a sus arcas.
Aprobado este documento, que fija los ingresos que se percibirán, el monto y la expectativa de los recursos que dispondrá el Gobierno federal, de ahí también se entregarán, en una proporción menor, a los ingresos de los estados y municipios del País.
El problema no está sólo en cuánto se pretende recaudar, sino en las condiciones de la economía.
Desde hace algunos días se han conocido informalmente cuáles serían los nuevos impuestos o nuevas tasas a los actuales. La tarea enfrenta a una economía estancada, lo que limita la posibilidad de crear nuevas cargas tributarias.
Según los teóricos, una economía que no crece no puede incrementar más los impuestos para hacer crecer sus ingresos.
Esta situación obligaría a tratar de enderezar las finanzas públicas reduciendo el gasto público. De seguir elevándolo, se enfrenta a un déficit fiscal que no es fácil revertir, a menos que crezca la recaudación en términos reales, pero esto sólo si la economía crece, lo que no es fácil según la situación mundial.
Y es que el problema del bajo crecimiento no es exclusivo de México. Desde la crisis del 2008, las economías del mundo occidental han crecido mucho menos que los años previos.
Las solas excepciones son la economía china y la de la India. Los otros centros de poder económico, como la Unión Europea y la región norte del Continente Americano -Canadá, Estados Unidos y México-, y hasta Japón, enfrentan problemas de crecimiento económico.
Por ello, la reforma fiscal debe enfrentarse por el lado del gasto público con una mayor racionalidad y no por la eventualidad de tener mayores ingresos.
Esto quedó claro desde el inicio del mal llamado periodo neoliberal en el sexenio de Miguel de la Madrid (1982-1988).
Al inicio de su Gobierno, propuso una reforma para incluir en la Constitución la rectoría económica del Estado y la obligación de ordenar la economía en un Plan Nacional de Desarrollo. Poco o nada de esa planeación se cumple en los términos de la ley respectiva.
En este Gobierno se expidió un Plan México con mucho menos contenido que el oficial que, por cierto, aprobaron los Diputados. Hasta ahora, ese programa no ha logrado las metas que se proponía; más bien parece un programa de emergencia.
Regresando a De la Madrid, también se incluyó en la reforma citada, en el artículo 134, las reglas para la ordenación del gasto público: «Los recursos económicos de que dispongan (todos los Gobiernos) se administrarán con eficiencia, eficacia, economía, transparencia y honradez para satisfacer los objetivos a lo que están destinados».
En ese mismo artículo se prohíbe destinar recursos públicos para promoción personal y política.
Años después, en el Gobierno de Peña, se adicionó al artículo 25 constitucional otra regla lógica y sin aplicación alguna que señala que «el Estado velará por la estabilidad de las finanzas públicas y del sistema financiero para coadyuvar a generar condiciones favorables para el crecimiento económico y el empleo».
Lo aquí narrado sirve como alerta y referencia de lo que puede ser la causa del malestar de la economía: la falta de aplicación de la Constitución, al menos en los aspectos relativos a las reglas que podrían cumplirse y servir para elevar la eficacia y la eficiencia que señala la Carta Magna, y, de pasada, de transparencia y honradez.
Mientras que la Constitución sea un simple panfleto para los discursos patrióticos y de referencia cotidiana entre la clase política, poco o nada tendremos en el futuro. No es admisible aceptar la consigna de que en México gobierna el pueblo.
Ojalá algún día los políticos lean a López Velarde. En «La Suave Patria» proclama: «Diré con una épica sordina: la Patria es impecable y diamantina».
