Gral. Cristero Aurelio Acevedo Robles
“Aun cuando no haya seguridad de triunfo,
hay derechos que tiene uno la obligación de defender”
A.R.A
A cien años del inicio de la Guerra Cristera es fundamental conocer la vida de uno de sus más auténticos y leales protagonistas: Don Aurelio Acevedo Robles, mi abuelo. Nacido en Potrero de Gallegos, Valparaíso, Zacatecas, el 27 de julio de 1900, desde muy joven tuvo que asumir la responsabilidad de cuidar a su madre y a sus ocho hermanos, ya que, como consecuencia de la Revolución, su padre fue asesinado por alguno de los bandos en disputa. También a temprana edad abrazó la fe católica poniendo sus principios en práctica formando el Sindicato “León XIII” base de su futuro regimiento cristero.
En cada hecho histórico de la humanidad hay personas que hacen la historia con las armas y otras que, cuando terminan las batallas, empuñan la pluma para impedir que la historia desaparezca. El general cristero Aurelio Acevedo Robles pertenece a ambas categorías. Su vida representa una lucha que no terminó con el silencio de los fusiles, sino que continuó preservando la memoria de un movimiento que durante décadas permaneció relegado de la narrativa oficial de México. Empuñó las armas de 1926 a 1929 en la primera Cristiada, la que terminó con los famosos “arreglos” entre el gobierno federal y la jerarquía de la Iglesia Católica, a espaldas de los levantados. Ante el fracaso de dichas negociaciones, hubo un segundo levantamiento a inicios de los años 1930 que no tuvo la misma repercusión, por lo que termino relativamente pronto.
Don Aurelio siempre supo que todo lo que había vivido en defensa de su fe podría perderse si alguien no asumiera el papel de recopilador de los testimonios de todos aquellos que lucharon al grito de ¡VIVA CRISTO REY! Comprendió que la memoria de los vencidos podía convertirse en una forma de resistencia. Por eso, en agosto de 1952, emprendió una nueva época de la revista DAVID, publicación mensual que dirigió hasta su muerte, en enero de 1968. Su propósito era reunir los relatos, documentos, fotografías, cartas y testimonios de quienes habían participado en la Cristiada. Aquella labor fue mucho más que un esfuerzo editorial. Fue un acto de justicia histórica. La importancia de DAVID radica en que abrió sus páginas a los propios protagonistas. No eran únicamente historiadores reconstruyendo los hechos desde la distancia, sino hombres y mujeres que habían vivido la persecución, el combate, las pérdidas familiares y las consecuencias de una guerra que marcó profundamente a sus comunidades. En sus ocho tomos quedaron reunidos testimonios de enorme valor para comprender la experiencia cristera, incluyendo la participación de mujeres y personas que, sin empuñar un arma, sostuvieron al movimiento. La revista llegó a publicar 186 números y constituye una fuente documental indispensable para acercarse a la Cristiada desde la voz de sus sobrevivientes.
Aurelio Acevedo Robles fue, ante todo, un hombre de convicciones. General del Ejército Nacional Libertador en Zacatecas, sobrevivió a la guerra y a sus consecuencias, pero no abandonó su compromiso con la memoria de sus compañeros. Su archivo, hoy resguardado en el Archivo Histórico de la UNAM, es testimonio de una vida dedicada a impedir que la Cristiada quedara reducida al silencio. La memoria histórica no debe ser patrimonio exclusivo de una ideología, una religión o un partido. Tampoco debe convertirse en una herramienta para justificar todas las acciones de quienes participaron en un conflicto. Debe ser un espacio de conocimiento, reflexión y reconocimiento de la dignidad humana. A cien años de la Guerra Cristera, recordar a los cristeros no significa idealizar la guerra. Significa comprender por qué miles de mexicanos llegaron a considerar que sus libertades y convicciones estaban amenazadas, reconocer el sufrimiento de todos los involucrados y aprender de las consecuencias de la intolerancia y la confrontación. Por eso, rescatar, reeditar y difundir el DAVID es una tarea cultural de primera importancia. Sus páginas merecen llegar a las nuevas generaciones, a las universidades, a las escuelas y a todos aquellos que desean conocer una historia más completa de México.
Hoy, que vivimos tiempos de un movimiento político que busca a toda costa imponer su ideología, tanto a nivel educativo como en sus acciones, es crucial releer nuestra historia, aprender de ella y sacar las conclusiones que nos permitan no repetir errores, pero sobre todo, que nos de luces de cómo debemos actuar para sacar a México adelante. Don Aurelio puede ser un excelente maestro.
