septiembre 25, 2026

Cuando una Sociedad ya no Puede Más

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“Las sociedades no se quiebran de un día para otro. Se van cansando, decepción tras decepción, hasta que llega el momento en que sienten que ya no pueden más”

México está lastimado. Nuevo León también. No es una exageración ni una consigna política. Es una realidad que se escucha todos los días en las casas, en los centros de trabajo, en el transporte público y en cualquier conversación entre ciudadanos para advertir que algo profundo se ha venido deteriorando. Hay cansancio, frustración, enojo y miedo. Pero, sobre todo, existe una sensación cada vez más extendida de que muchas cosas dejaron de funcionar y de que quienes deberían corregirlas están más preocupados por cuidar su imagen que por resolver los problemas. No llegamos hasta aquí por una sola causa ni por responsabilidad de un solo gobierno. Lo que hoy sentimos es resultado de años de inseguridad, corrupción, impunidad, desigualdad, enfrentamientos políticos, servicios públicos deficientes y demasiadas promesas incumplidas. El daño se manifiesta de muchas maneras. Está en la angustia de quienes trabajan todos los días y, aun así, apenas consiguen sostener su hogar. En las familias que ven cada vez más lejana la posibilidad de adquirir una vivienda. En quienes viven con el temor de perder el empleo, enfermarse o no poder ofrecerles a sus hijos un futuro mejor. También está en el agotamiento físico. Se nos van horas de vida en traslados interminables, entre el tráfico, la contaminación, el estrés y jornadas laborales que dejan poco espacio para convivir, descansar o simplemente recuperar el ánimo. Y está, por supuesto, en el terreno político. Una parte importante de la ciudadanía ya no se siente representada. Los partidos se alejaron de la gente, las campañas cambiaron las ideas por propaganda y algunosgobernantes terminaron confundiendo popularidad con liderazgo. Sin embargo, quizá el daño más profundo sea el moral. Una sociedad comienza a quebrarse cuando se acostumbra a la mentira; cuando el abuso deja de sorprendernos; cuando la corrupción se acepta como algo inevitable y cuando actuar correctamente parece una desventaja. La política no debe apropiarse de lo divino ni hablar en nombre de Dios. Pero sí está obligada a reconocer que existe una herida en nuestros valores, en la esperanza y en el sentido de comunidad. Esa parte de la sociedad también necesita ser reparada. En Nuevo León este malestar resulta todavía más difícil de aceptar porque vivimos en un estado que produce riqueza, genera empleos, atrae inversiones y presume modernidad, pero cuya prosperidad no siempre llega a la vida cotidiana de las personas. Somos una potencia económica donde miles de familias padecen una movilidad deficiente, aire contaminado, inseguridad, incertidumbre sobre el agua, crecimiento urbano desordenado y servicios públicos que no corresponden con lo que los ciudadanos aportan. Por eso hay una pregunta que recorre silenciosamente el estado: Si Nuevo León genera tanto, ¿por qué vivir aquí se ha vuelto cada vez más difícil? En esa contradicción se encuentra buena parte del desencanto. La gente trabaja, paga impuestos, cumple con sus obligaciones y hace enormes esfuerzos para salir adelante, pero no percibe la misma responsabilidad de parte de sus autoridades. No se trata solamente de obras inconclusas, proyectos mal planeados o servicios deficientes. El problema de fondo es la ausencia de rumbo. En los meses previos a una elección, todo este malestar acumulado comienza a buscar una salida. La ciudadanía revisa lo sucedido, compara las promesas con los resultados y se pregunta si realmente quiere seguir por el mismo camino. Pero aquí aparece un riesgo que no debemos ignorar. Una sociedad profundamente lastimada puede terminar decidiendo desde el enojo, el miedo o la desesperación. Cuando la decepción es demasiado grande, cualquier personaje que se presente como diferente puede despertar esperanza. Ya nos ha sucedido.Cambian los partidos, los colores, los discursos y las personalidades, pero, con el paso del tiempo, las prácticas terminan pareciéndose demasiado. Nuevo León no puede volver a confundir espectáculo con liderazgo, ocurrencias con decisiones, popularidad con capacidad ni confrontación con carácter. Decir “yo soy diferente” ya no será suficiente.Quien aspire a gobernar deberá explicar con claridad por qué es diferente, qué experiencia tiene, con quién piensa gobernar, cuáles serán sus prioridades, cuánto costarán sus propuestas y de qué manera aceptará ser evaluado. La ciudadanía no necesita otro salvador. Necesita un gobierno que sepa lo que hace, que actúe con honestidad y que responda por sus decisiones. Un cambio verdadero no consiste únicamente en sustituir a quien ocupa la gubernatura. Si permanece intacta la forma de ejercer el poder, sólo estaremos cambiando el nombre de la siguiente decepción. Nuevo León necesita una reconstrucción institucional, social y moral. Necesitamos recuperar la capacidad del gobierno para planear, coordinar y resolver. Se requieren servidores públicos preparados, disciplina financiera, transparencia, colaboración con los municipios y políticas que no comiencen y terminen con cada proceso electoral. Pero, antes que nada, necesitamos recuperar la confianza. Eso implica hablarle con la verdad a la población, reconocer lo que no funciona, explicar las decisiones, abrir el gasto público al escrutinio ciudadano y dejar de utilizar la propaganda para ocultar los malos resultados. El cambio tendrá que sentirse en la vida diaria: menos tiempo perdido en el tráfico, aire más limpio, agua suficiente, mayor seguridad, escuelas dignas, atención a la salud mental, apoyo a los adultos mayores y a quienes los cuidan, mejores empleos y espacios públicos donde podamos volver a encontrarnos como comunidad. Porque no puede haber recuperación económica completa sin recuperación social. Tampoco puede haber reconciliación social si el gobierno no se conduce con principios. La próxima elección no debería reducirse a escoger entre partidos, colores o personalidades. Tendría que convertirse en una decisión mucho más profunda: definir qué clase de gobierno queremos y qué tipo de sociedad estamos dispuestos a reconstruir. El dolor ciudadano es real. Ignorarlo sería irresponsable. Utilizarlo para obtener votos también. La tarea de un liderazgo auténtico no consiste en alimentar el enojo, sino en transformarlo en conciencia, participación y soluciones. Todavía estamos a tiempo de recuperar Nuevo León. Pero para hacerlo debemos dejar atrás la resignación, exigir propuestas serias, revisar trayectorias, cuestionar intereses y entender que el futuro del estado no puede volver a quedar en manos de la improvisación. Nuevo León no necesita solamente cambiar de gobernador. Necesita cambiar la relación entre el poder, el gobierno y la sociedad. Porque el cambio verdadero no consiste en sustituir a quienes gobiernan, sino en lograr que el gobierno vuelva a servir, proteger y responderle a la gente.

¡¡La decisión, como siempre, queda en manos de usted, estimado lector!!

“Porque Nuevo León no necesita más ruido, más excusas ni más personajes. Necesita gobierno. Y, hoy más que nunca, necesita mucho más rumbo”.

Mtro. Miguel H. Botello Treviño     Correo electrónico: mickbotello@gmail.com

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