Orejas de burro para la nueva escuela mexicana: Vito Saint Germain
Durante décadas, loas “profes” castigaban al alumno flojo que no hacía la tarea y reprobabacoronándole con orejas de burro de cartón. El castigo era humillante e inútil, y con razón desapareció. Pero no está de más recuperar la imagen por un momento para colocarla a donde de verdad corresponde: no en la cabeza de los niños, sino en la de quienes gobiernan su educación.
El martes 8 de septiembre la OCDE publicó los resultados de PISA 2025, aplicada a estudiantes de 15 años en 91 países. La misma prueba y problemas para todos, el único cambio era el del idioma. México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias. Los promedios de la OCDE fueron 463, 461 y 482. Es decir: 75 puntos abajo en matemáticas, 53 en lectura y 68 en ciencias. En la nueva sección de resolución de problemas computacionales, México alcanzó 453 puntos contra un promedio cercano a 500.
El resultado colocó país en el deshonroso lugar número 37 de los 38 miembros de la OCDE: penúltimo en ciencias y comprensión lectora, antepenúltimo en matemáticas y cuarto peor en pensamiento computacional. Entre todos los 91 participantes, en el sitio 64.
El dato que debería quitarle el sueño a cualquier secretario de Educación no es el promedio, sino la distribución. PISA clasifica el desempeño en seis niveles, y el nivel 2 es el umbral mínimo de funcionalidad en la vida adulta. En matemáticas, apenas el 30 por ciento de los estudiantes mexicanos alcanzó ese piso. Siete de cada diez quedaron debajo. En 2022 eran seis de cada diez: el 34 por ciento llegaba al mínimo. El promedio de la OCDE es 65 por ciento.
En el otro extremo de la escala, sólo el 0.5 por ciento de los alumnos mexicanos —uno de cada doscientos— alcanzó los niveles 5 o 6 en al menos una de las tres materias, frente a 11.9 por ciento en la OCDE. Y el 41.8 por ciento reprobó simultáneamente en las tres áreas, más del doble del 19.7 por ciento del promedio de la organización. Cuatro de cada diez jóvenes mexicanos de 15 años no son funcionales ni leyendo, ni calculando, ni razonando científicamente.
Es cierto el deterioro es global, el promedio de la OCDE también cayó, de 472 a 463 en matemáticas y de 476 a 461 en lectura. México perdió siete puntos en matemáticas mientras la OCDE perdía nueve. Y los 388 puntos no son el mínimo histórico del país: en 2003 fueron 385. Tampoco todo fue retroceso: ciencias subió cuatro puntos, de 410 a 414.
El problema no es la pendiente. Es el punto de partida, y una advertencia que casi nadie ha subrayado: la muestra sobre la que se aplicó PISA fue de 7 mil 843 estudiantes en 297 escuelas representa a 1.58 millones de jóvenes, cerca del 69 por ciento de los mexicanos de esa edad. El 31 por ciento restante —los que ya abandonaron la escuela, es decir, los más pobres— no aparece en ninguna gráfica. La foto real es peor que la foto publicada.
Después de revisar estas cifras una conclusión que debe afectar a todos para urgir la elaboración de una solución es que México perdió la capacidad de evaluar a sus estudiantes con base en un estándar de rendimiento académico al que deben llegar para asegurar su funcionalidad en el mercado laboral.
La reacción oficial fue previsible. La presidenta Sheinbaum cuestionó que PISA aplique la misma evaluación a países con características distintas y atribuyó la caída en lectura al uso de plataformas digitales, señalando que el fenómeno no es exclusivo de México. Ambas cosas son ciertas y ninguna es una respuesta. Cuando el termómetro marca fiebre, discutir la marca del termómetro no baja la temperatura. Además, quien no da resultados da pretextos.
Y aquí la responsabilidad sí tiene nombres y fechas. En 2019 se eliminó el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación con el argumento de que evaluar era punitivo. Después desaparecieron PLANEA y la propia Mejoredu que lo había sustituido. Hoy el país no cuenta con una sola medición nacional estandarizada y comparable en el tiempo; por eso el IMCO encabeza sus recomendaciones pidiendo restablecerla. PISA es lo único que quedó para desmentirlo, y cada tres años lo desmiente.
El costo es incalculable. Se habla de convertir al país en potencia manufacturera de semiconductores, autopartes y vehículos eléctricos: industrias que exigen técnicos capaces de leer una especificación, calcular una tolerancia e interpretar una gráfica de control estadístico. Con siete de cada diez egresados por debajo del mínimo matemático y el cuarto peor resultado de la OCDE en pensamiento computacional, la promesa del nearshoring se sostiene sobre un supuesto que los datos no respaldan.
Las orejas de burro no les corresponden a los niños, que aprendieron lo que se les enseñó. Tampoco a los maestros, que sostuvieron el sistema durante el confinamiento con recursos propios y sin más apoyo que su vocación. Le corresponden a quien decidió que medir era neoliberal, que criticar era traicionar y que bastaba con cambiarle el nombre al modelo educativo para cambiar sus resultados, por ahora la rimbombante “nueva escuela mexicana” quedó claro que no trajo la tarea.
La próxima evaluación llegará en 2028.
