SHEINBAUM ES TOTALMENTE PREDECIBLE
Repetir vacuidades y medias verdades exhibe su debilidad El lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras parezcan verdades y el asesinato respetable, y para dar apariencia de solidez al puro viento.» — George Orwell,
«La política y la lengua inglesa» (1946)
En mi ensayo anterior, «43 muertos diarios no es para presumir», lo anticipé sin margen de duda: en su
Segundo Informe, Claudia Sheinbaum presumiría una reducción de homicidios de alrededor del 52%, y lo
haría contando muertos como caramelos —cifras de un tablero, no personas—, sin detenerse un instante
en que cada número tuvo nombre y rostro, padres, cónyuges, hijos, amigos.
Presumió 51%. La predicción falló por un punto. Y el título de aquel ensayo sigue en pie después de éste:
ese 51% de reducción todavía significa alrededor de 43 muertos cada día. Se puede reducir una cifra atroz
y seguir siendo atroz. Presumir el descenso no borra el nivel; lo maquilla.
Esa exactitud debería inquietarla más a ella que a nosotros, pero su falta de empatía se lo impide.
Acechada por todos los flancos —por los propios y por los extraños, por el fuego interno de una coalición
que ya se disputa el reparto y por el externo de un vecino que la mide sin pudor—, la presidenta respondió
con lo único que le quedaba: un discurso frío, vacío, retórico y repetitivo, que no presume porque tenga
qué, sino porque no tiene más.
La predictibilidad no es fortaleza; es el síntoma de quien agotó su repertorio. Quien tiene resultados,
sorprende. Quien no los tiene, repite y aburre.
El género tiene antecedente, y no es halagador. Aquellos informes de alcaldes de la primera mitad de los
dos mil —el kilometraje de banquetas, las luminarias contadas una por una, la lámina entregada con
fotografía—, rendidos ante un pueblo que se suponía ignorante y empolvado, incapaz de cotejar la palabra
con el dato.
El Segundo Informe de Sheinbaum pertenece a esa escuela. Cambia la escala, no el método: una cifra
estelar, escogida con cuidado, ofrecida a un auditorio al que se le presume incapaz de auditarla.
Auditémosla.
Ese 51% no solo ancló el informe: ordenó el relato entero de la «pacificación». Es la cifra que la presidenta
repite, la que sus voceros llevan a la mañanera, la que sostiene el discurso. Y es un caso raro y didáctico,
porque puede mentir sin equivocarse en un solo dígito.
Hay dos maneras de hacerlo. La primera es la más vieja del oficio: elegir la base. El 51% compara el
promedio diario de septiembre de 2024 —86.9 víctimas— con el de julio de 2026 —42.5—. Pero
septiembre de 2024 no es un mes cualquiera: fue un pico, uno de los momentos más violentos del cierre
sexenal anterior.
1.Medir desde la cresta garantiza que cualquier descenso posterior se vea enorme. Cuando se comparan
años completos, que es lo honesto, la reducción de 2024 a 2025 fue de 21.5% según el propio SESNSP: de
30,062 a 23,374 víctimas.
Y cuando se cuentan cuerpos de personas en lugar de carpetas —las estadísticas vitales del INEGI—, la
caída se encoge a 16%. La distancia entre 51 y 21 no es un hallazgo epidemiológico. Es una decisión de
encuadre.
Pero supongamos, sin conceder, que aceptamos el 21% real. Aun así la cifra merece sospecha, y aquí está
el argumento de fondo, el que ningún vocero toca. El homicidio doloso no es una categoría hermética. Es
una casilla en un sistema de registro, y esa casilla tiene fronteras porosas con otras. Basta mirar cuáles
están desbordándose mientras la del homicidio se vacía.
Las desapariciones marcan récord: 133,500 personas no localizadas al cierre de 2025, un alza de 10.5% en
el año según Amnistía Internacional. El dato anual lo confirma el Registro Nacional: solo en 2025 se
abrieron alrededor de 14,000 expedientes nuevos, la cifra más alta de la que se tenga memoria. Contados
por sexenio, los siete años de gobiernos de Morena —70,094 desaparecidos— ya duplican los 32,461 de
Peña Nieto.
Y en las morgues del país yacen 73,100 cuerpos sin identificar —a la espera de que sus familiares los
reclamen y les den sepultura—, sin avances sustantivos en los registros forenses. Tres depósitos que
crecen exactamente en el periodo en que el homicidio, según la aritmética oficial, se desploma.
La coincidencia no es coincidencia. Un homicidio cuya víctima ingresa al registro como «persona
desaparecida» no cuenta como homicidio doloso. Un cuerpo que llega sin nombre a un SEMEFO y ahí se
queda, tampoco. Las casillas se comunican, y la violencia —esto es lo que la estadística oficial se niega a
decir— no desaparece: migra de un libro contable a otro. Parte de esa caída celebrada en Palacio Nacional
no es vida salvada: es contabilidad desplazada para disimular los hechos.
No hace falta imaginar una conspiración para explicarlo. Basta con notar que el incentivo corre en una sola
dirección. La cifra que se presume en la conferencia matutina, la que ancla el informe y ordena el discurso
de campaña, es el homicidio doloso.
Las cifras que absorben el desbordamiento —desaparecidos, cuerpos sin identificar— no tienen reflector,
no ordenan ningún relato, no se convierten en spot. Cuando una métrica se premia y las colindantes se
ignoran, el sistema entero se inclina, sin que nadie tenga que ordenarlo, hacia la casilla que conviene.
Nexos documentó cómo el registro nacional perdió más de mil personas desaparecidas en siete días:
14,100 el 13 de enero de 2026 y 12,961 una semana después. Esa volatilidad no es trabajo de campo: es
maquillaje y limpieza de libros.
Aquí conviene ser preciso sobre qué tenemos enfrente. No es una mentira: es una media verdad, y por
eso resiste lo que la mentira no. Una mentira se desmonta con un dato; la media verdad sobrevive al fact-
checking, porque cada dígito que la compone es verdadero.
El 51% existe. El 86.9% de septiembre de 2024 existe. El 42.5% de julio de 2026 existe. Lo falso no es ningún
número: es el marco que los une y el silencio sobre lo que ese marco deja fuera. Y un gobierno que se
acostumbra a gobernar con la métrica que lo halaga termina, por construcción, ciego a la métrica que lo
advierte. De ahí el rasgo que define a Morena: su oscuridad.
2.Las madres buscadoras que abren fosas clandestinas en Jalisco —el estado con más cuerpos exhumados
del país— no son una nota al pie del éxito en seguridad: son su contraparte contable. Están desenterrando,
literalmente y con sus propias manos, la diferencia entre el 51% y la realidad.
México Evalúa lo formuló con la única herramienta que corrige el sesgo: integrar las cinco categorías de
violencia letal en un solo indicador. El resultado es incómodo. La violencia letal cayó apenas 8.6% entre
2024 y 2025, y acumula un aumento de 68.2% en la última década.
Frente a 2015, el homicidio doloso de 2025 sigue 30.7% por encima. Es decir: sí hay un descenso reciente,
real y no despreciable, pero está encapsulado dentro de una escalada de largo plazo que la cifra estelar
borra del cuadro. El país no salió del pozo. Descendió un peldaño dentro de él y lo llamó cumbre.
La presidenta cerró su informe con una frase sobre la soberanía: no se negocia, no se entrega, no se
comparte. La suscribo, y le agrego una cláusula: la evidencia tampoco.
Una pacificación no se mide por la línea del homicidio leída en solitario y desde el mes más conveniente.
Se mide por la suma de los tres registros que documentan la violencia mortal —homicidios, desaparecidos,
cuerpos sin nombre— leídos juntos y a lo largo del tiempo, sin olvidar que se trata de personas que
perdieron la vida o desaparecieron sin que el Estado hiciera nada por protegerlas.
Que Sheinbaum eligiera, entre todo lo que pudo decir, precisamente esta cifra y este encuadre, era lo
predecible: era lo único que la halagaba. Un gobierno con resultados no necesita maquillar a sus muertos
para volverlos presentables. Mientras insista en exhibir una casilla y esconder las que la rodean, el 51% no
es un resultado: es una coartada y una vergüenza.
Queda, al final, su fariseísmo. Llegaron al poder envueltos en una supuesta superioridad moral que
exhibían como credencial: ellos no eran como los de antes, ellos gobernarían con el pueblo y para el
pueblo. Hoy esa túnica cuelga deshilachada.
No solo por el cúmulo de fracasos que esconden tras el sello de «Cuarta Transformación» —la reserva se
volvió el archivero donde se guarda lo que avergüenza—, sino por algo más hondo: la desvergüenza de
ocultar el daño hecho a decenas de miles de hogares mexicanos.
Los «abrazos, no balazos» nunca fueron una doctrina de paz; fueron una política de tolerancia cuyo saldo
lo pagaron las familias y no los criminales, y la omisión sostenida año tras año terminó pareciéndose
demasiado a la complicidad.
Mientras tanto, a las madres que escarban la tierra en busca de sus hijos se les insinúa manipulación, se
les trata como agitadoras, se les regatea hasta el duelo. Ese es el retrato moral que el Segundo Informe de
Claudia Sheinbaum quiso tapar con un porcentaje. La historia no maquilla: los alcanzará y los marcará con
una mancha imborrable de iniquidad
