CONVERSACIONES ANTES DEL DESTINO: Luis Antonio Guajardo
“Lo que México pensaba antes de la historia”
CAPÍTULO 10 — ANTES DE LA BATALLA: LA DEFENSA DE MONTERREY (1846)
Ampudia, Mejía y Zuazua ante la invasión
“Antes del combate, hubo decisiones que podían cambiar el destino.”
1. Contexto histórico
Es septiembre de 1846.
México se encuentra en guerra con los Estados Unidos.
Después de los combates de Palo Alto y Resaca de la Palma, el ejército estadounidense, comandado por el general Zachary Taylor, conocido como Old Rough and Ready, avanzahacia Monterrey.
La ciudad es estratégica. Desde ella se controlan los caminos hacia Saltillo y las comunicaciones con el interior del país.
La defensa mexicana se encuentra bajo el mando del general Pedro de Ampudia, general en jefe del Ejército del Norte.
Entre quienes participan en aquellos acontecimientos se encuentra también el general Francisco Mejía, experimentado militar que tendrá una actuación destacada en la defensa de la ciudad.
Y está Juan Zuazua, joven miliciano originario de Lampazos, conocedor del territorio norteño y veterano de Palo Alto y Resaca de la Palma. En aquellos acontecimientos alcanzaría el grado de capitán.
Ampudia lleva el peso del mando. Mejía aporta la experiencia militar. Zuazua representa al hombre de la frontera y su conocimiento del terreno.
México atraviesa, además, un momento difícil. Antonio López de Santa Anna acaba de regresar del exilio y el país intenta reorganizar sus fuerzas mientras Taylor continúa avanzando.
Monterrey tendrá que prepararse con los hombres disponibles.
Ficción especulativa histórica.
2. La conversación antes del combate
La mañana comenzaba a iluminar Monterrey.
Soldados trasladaban municiones y reforzaban posiciones. Algunos habitantes colaboraban con agua, alimentos y herramientas.
Tres jinetes avanzaban lentamente por una de las calles.
Pedro de Ampudia iba al frente. A unos pasos cabalgaba Francisco Mejía. Junto a ellos avanzaba Juan Zuazua.
Durante algunos minutos ninguno habló. Sólo se escuchaba el golpe de los cascos.
—Caballeros… Monterrey no será fácil de defender.
Mejía observó las construcciones.
—Tampoco será fácil tomarla, mi general.
—Taylor tiene hombres, artillería y experiencia.
—Pero no conoce la ciudad.
Zuazua agregó:
—Ni el terreno.
Ampudia lo miró.
—Usted conoce bien estas tierras.
—Desde muchacho.
Zuazua dirigió la mirada hacia las montañas.
—En el norte uno aprende pronto que el terreno también pelea.
Mejía sonrió ligeramente.
—Entonces tendremos un aliado.
Zuazua negó con la cabeza.
—El terreno no tiene aliados, general. Favorece al que sabe entenderlo.
Continuaron avanzando.
Ampudia observó hacia el poniente.
—Taylor buscará nuestras posiciones más importantes y tratará de controlar los caminos.
Mejía respondió:
—Entonces no debemos mirar solamente dónde hace ruido el enemigo.
—¿A qué se refiere?
—A que debemos descubrir dónde piensa realmente golpear.
Zuazua contempló las elevaciones que rodeaban Monterrey.
—Si dominan las alturas, tendrán ventaja. Y si amenazan el camino hacia Saltillo, pueden complicar nuestra retirada.
Ampudia asintió.
—Habrá que impedírselo.
Pasaron junto a varios vecinos que ayudaban a los soldados.
Zuazua los observó.
—Muchos de ellos no son militares.
—Lo sé —respondió Ampudia.
—Pero conocen cada camino, cada acequia y cada salida.
Mejía preguntó:
—¿Cree que combatirán?
Zuazua miró hacia ellos.
—Defenderán lo suyo.
—¿Por patriotismo?
—También. Pero aquí están sus casas y sus familias.
Hizo una pausa.
—A veces un hombre pelea más por su casa que por cualquier bandera.
Ampudia observó a hombres y mujeres trabajando en los preparativos.
—La guerra siempre termina alcanzando a quienes no la decidieron.
Los tres guardaron silencio.
Después de algunos metros, Mejía preguntó:
—Mi general… ¿llegarán refuerzos?
Ampudia miró hacia el camino del sur.
—Eso espero.
Zuazua intervino:
—¿Y Santa Anna?
Ampudia tardó en responder.
—Ha regresado al país, pero reorganizar un ejército requiere tiempo.
Mejía frunció el ceño.
—Tiempo que Taylor no piensa concedernos.
—Exactamente.
Zuazua volvió la mirada hacia el norte.
—Entonces tendremos que comenzar sin esperar a nadie.
Ampudia contempló la ciudad.
—Defenderemos Monterrey con los hombres que tenemos.
Un estruendo lejano hizo que los caballos se inquietaran.
Mejía observó hacia el horizonte.
—Pronto comenzará.
Ampudia sostuvo firmemente las riendas.
—Entonces cada uno tendrá que cumplir con su deber.
Mejía permaneció pensativo.
—General…
—Dígame.
—Si la situación llega a ser insostenible, ¿qué hará?
Ampudia guardó silencio unos segundos.
—Defenderemos Monterrey mientras exista posibilidad de hacerlo con honor.
—¿Y después?
Ampudia volvió la mirada hacia él.
—El honor de un comandante tampoco consiste en sacrificar inútilmente a todo su ejército.
Zuazua intervino:
—Entonces habrá que hacer que Taylor comprenda algo antes de llegar a ese momento.
—¿Qué cosa?
Zuazua contempló Monterrey.
—Que esta ciudad no se entrega sin pelear.
Un nuevo cañonazo resonó a la distancia.
Un ayudante apareció apresuradamente.
—¡Mi general!
Ampudia detuvo el caballo.
—¿Qué ocurre?
—Las posiciones están preparadas.
Ampudia miró a Mejía y después a Zuazua.
—Entonces ha llegado la hora.
Los tres emprendieron nuevamente la marcha.
Zuazua quedó unos pasos atrás. Volvió la mirada hacia la ciudad.
—Que la historia diga lo que tenga que decir de nosotros…
Hizo una pausa.
—Pero que Monterrey sepa que estuvimos aquí.
Espoleó su caballo y alcanzó a los otros dos.
La conversación había terminado.
La batalla estaba por comenzar.

3. Epílogo histórico
Entre el 21 y el 24 de septiembre de 1846, Monterrey fue escenario de uno de los combates más intensos de la guerra entre México y Estados Unidos.
Las tropas de Taylor atacaron las posiciones mexicanas desde distintos frentes. En la Tenería, el general Francisco Mejía participó en una de las defensas más disputadas delcombate.
En Monterrey combatieron también los San Patricios, una unidad integrada en buena medida por inmigrantes europeos —especialmente irlandeses— que habían abandonado las filas estadounidenses y se incorporaron al ejército mexicano. Bajo el mando de John Riley, actuaron como artilleros durante la defensa de la ciudad.
Al poniente, las fuerzas estadounidenses avanzaron sobre las alturas y las comunicaciones hacia Saltillo. El Obispado, posición fundamental para la defensa, cayó el 22 de septiembre.
Después, la lucha penetró en la ciudad. Se combatió en calles, casas y azoteas.
La población también quedó involucrada. Entre las mujeres recordadas por su participación se encuentran María Josefa Zozaya y María de Jesús Dosamantes, además de otras cuyos nombres se perdieron con el tiempo.
Juan Zuazua participó en aquellos acontecimientos. El joven de Lampazos comenzaba una carrera que años después lo convertiría en una de las figuras militares más importantes del noreste mexicano.
La responsabilidad final, sin embargo, correspondía a Pedro de Ampudia.
Ante una situación militar cada vez más difícil, Ampudia negoció con Zachary Taylor la evacuación del ejército mexicano. La decisión fue polémica, pero permitió conservar fuerzas para continuar la guerra.
Quedaba una pregunta inevitable:
¿Por qué Santa Anna no llegó a Monterrey?
Había regresado del exilio apenas en agosto de 1846, cuando la invasión estadounidense ya estaba en marcha. México atravesaba una profunda inestabilidad y necesitaba reunir hombres, armas, dinero y abastecimientos para organizar un nuevo ejército.
Monterrey recibió refuerzos, pero no llegó a tiempo una fuerza suficientemente grande para modificar el curso de la batalla.
Santa Anna concentraría posteriormente un ejército en San Luis Potosí y marcharía hacia el norte.
En febrero de 1847 se enfrentaría finalmente con Zachary Taylor en La Angostura o Buena Vista, cerca de Saltillo.
El encuentro que no ocurrió en Monterrey tendría lugar allí. Para entonces, Monterrey ya estaba ocupada.
La batalla de septiembre de 1846 dejó soldados, milicianos y civiles unidos por una experiencia común: la guerra había llegado hasta sus calles.
Con el paso de los años, documentos y testimonios permitieron recuperar la dimensión de aquella defensa y devolver a sus protagonistas un lugar en la memoria histórica de la ciudad.
Quizá nunca sepamos exactamente qué dijeron antes del combate.
Pero conocemos lo que hicieron después.
Y entre la incertidumbre y la decisión comenzó a escribirse una página fundamental de la historia de Monterrey.
Una historia que, como tantas otras, comenzó…
antes del destino.
