septiembre 9, 2026

PISA: México no puede seguir explicando su fracaso educativo

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por
Justo Martínez Carrillo
y

Alfredo Cuéllar

Los resultados de PISA 2025 deberían preocuparnos, pero no sorprendernos. México lleva prácticamente un cuarto de siglo recibiendo la misma advertencia.

Desde que nuestro país comenzó a participar en PISA, en el año 2000, han cambiado presidentes, partidos políticos, secretarios de Educación, reformas constitucionales, programas, libros de texto y modelos pedagógicos. Sin embargo, los resultados muestran una persistencia inquietante: México continúa muy lejos de alcanzar los niveles de aprendizaje que requiere un país que pretende competir en una economía mundial basada cada vez más en el conocimiento.

El problema, por tanto, no nació con este gobierno ni con el anterior.

La pandemia agravó una crisis educativa mundial. Millones de niños dejaron temporalmente las aulas y prácticamente ningún sistema educativo estaba preparado. Sería injusto atribuir exclusivamente al gobierno mexicano las consecuencias de aquella catástrofe.

Pero han pasado varios años.

La pregunta ya no puede ser solamente cuánto aprendizaje perdimos durante la pandemia. La pregunta fundamental es: ¿qué hemos hecho para recuperarlo?

México obtuvo en PISA 2025 388 puntos en Matemáticas y 408 en Lectura, frente a promedios de la OCDE de 463 y 461, respectivamente. En Matemáticas, México registró su resultado más bajo desde 2006 y apenas tres de cada diez estudiantes alcanzaron las competencias básicas.

Eso debería encender todas las alarmas.

México no está solo, pero eso no debe consolarnos

PISA 2025 produjo también una fuerte conmoción en Estados Unidos.

Sus estudiantes obtuvieron 463 puntos en Matemáticas y 490 en Lectura. Son resultados considerablemente superiores a los mexicanos y sería equivocado sugerir que ambos sistemas educativos se encuentran en condiciones semejantes.

Lo preocupante es la tendencia.

Los resultados estadounidenses en lectura y matemáticas se encuentran entre los más bajos registrados por ese país desde que participa en PISA. En lectura, Estados Unidos perdió 14 puntos solamente desde 2022.

El problema es todavía más amplio. PISA 2025 registró los promedios más bajos observados hasta ahora entre los países de la OCDE en Matemáticas y Lectura. Entre 2015 y 2025, el promedio cayó 28 puntos en Lectura y 22 en Matemáticas.

Estamos, por tanto, ante una crisis educativa que rebasa a México.

Pero sería peligroso utilizar esa realidad como una nueva explicación de nuestros resultados. La pregunta no es solamente quiénes están empeorando. La pregunta verdaderamente útil es: ¿quiénes están educando mejor, ¿quiénes están recuperándose y qué podemos aprender de ellos?

China, Singapur, Japón, Corea, Estonia y otros sistemas continúan mostrando que el deterioro no es inevitable.

La experiencia internacional debería servirnos no para justificar nuestros resultados, sino para comprenderlos y corregirlos.

El problema no es PISA

PISA no es una medición perfecta. Ninguna evaluación internacional puede abarcar toda la complejidad cultural, económica y social de sistemas educativos tan diferentes.

Pero cuando durante 25 años diferentes mediciones señalan persistentemente dificultades semejantes, resulta cada vez más difícil responsabilizar al termómetro de la temperatura.

La presidenta Claudia Sheinbaum reaccionó a los resultados defendiendo la Nueva Escuela Mexicana y cuestionando aspectos de PISA. Señaló las limitaciones de aplicar una misma evaluación a países con realidades distintas, destacó resultados favorables en ciencias y contextualizó los retrocesos en lectura y matemáticas dentro de tendencias internacionales.

Tiene razón en algo importante: PISA no puede ser el único criterio para juzgar la educación mexicana.

Pero tampoco podemos descalificar una evaluación porque sus resultados sean incómodos.

PISA nos hace preguntas relativamente sencillas y profundamente importantes: ¿pueden nuestros jóvenes comprender lo que leen?, ¿pueden utilizar las matemáticas para resolver problemas?, ¿pueden aplicar conocimientos científicos?, ¿están adquiriendo las capacidades necesarias para continuar aprendiendo?

El documento publicado por SOMOS después de conocerse los resultados lo expresa con una frase que merece atención:

“México no necesita esconder sus resultados. Necesita corregirlos.”

Tampoco debemos cometer el error contrario: convertir PISA en un instrumento político para atacar a Morena o a la Nueva Escuela Mexicana. El rezago educativo mexicano antecede ampliamente a ambos.

Si la Nueva Escuela Mexicana tiene fortalezas, debemos reconocerlas y conservarlas. Si produce avances, debemos medirlos. Ningún modelo educativo puede evaluarse exclusivamente por la bondad de sus propósitos o por la filosofía que lo inspira.

Medir para poder corregir

Todo sistema educativo serio necesita mecanismos permanentes, confiables e independientes para evaluarse, detectar sus fallas y corregirse.

México contó con el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), que adquirió autonomía constitucional. En 2019 fue sustituido por la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación (MEJOREDU), organismo que posteriormente entró en proceso de extinción a partir de la reforma constitucional publicada el 20 de diciembre de 2024.

El problema no consiste en defender una institución determinada. La pregunta es mucho más importante: ¿contamos hoy con un sistema nacional de evaluación suficientemente independiente, continuo y confiable para decirle al gobierno —a cualquier gobierno— cuándo su política educativa no está funcionando?

Lo que no se mide difícilmente puede corregirse.

Durango ofrece una experiencia que merece observarse. Desde septiembre de 2022, ante los efectos dejados por la pandemia y los vacíos detectados en la implementación del nuevo modelo educativo, el estado comenzó a desarrollar instrumentos y materiales dirigidos específicamente a recuperar aprendizajes fundamentales: programas de lectura y escritura como PALE y PAF, y de matemáticas como SIAM.

Es una experiencia concreta que debe evaluarse por sus resultados. Si funciona, aprendamos de ella. Si requiere modificaciones, hagámoslas. Eso es precisamente lo que significa convertir la evaluación en instrumento de mejora y no en mecanismo de castigo o propaganda.

La educación también es seguridad

Existe otra dimensión que México no puede ignorar.

El crimen organizado también compite por nuestros adolescentes.

Compite por su tiempo, sus lealtades, sus aspiraciones y finalmente por su futuro.

No existe una relación simplista entre pobreza, mala educación y delincuencia. Millones de jóvenes mexicanos viven en condiciones económicas difíciles, estudian en escuelas deficientes y jamás participan en actividades criminales.

La relación es diferente.

Cuando un adolescente abandona la escuela, carece de habilidades para incorporarse a un mercado laboral cada vez más exigente, no encuentra oportunidades y deja de imaginar una trayectoria atractiva para su futuro, aumenta su vulnerabilidad frente a quienes pueden ofrecerle dinero, pertenencia, reconocimiento y poder inmediato.

Y en determinadas regiones de México existe una organización dispuesta a ofrecer precisamente eso: el crimen organizado.

Por ello una buena escuela hace mucho más que enseñar matemáticas. Mantener a un adolescente estudiando, proporcionarle habilidades y demostrarle que existe una trayectoria posible hacia una profesión, la universidad o un empleo digno constituye también una forma de prevención.

La lucha contra la inseguridad también se libra en el salón de clases.

Aprender durante toda la vida

Pero la crisis que revela PISA nos obliga a pensar todavía más allá de las escuelas.

Las poblaciones envejecen mientras la inteligencia artificial, la automatización y las nuevas tecnologías transforman profesiones y empleos a una velocidad extraordinaria.

Durante siglos organizamos la vida en etapas: primero estudiábamos, después trabajábamos y finalmente nos retirábamos. Ese modelo está desapareciendo.

La educación del siglo XXI tendrá que durar toda la vida.

Tenemos que educar a los niños, pero también volver a educar a los adultos. Una persona de 50 o 60 años deberá aprender tecnologías que no existían cuando asistió a la universidad. Quien desempeñe un oficio tendrá que actualizarlo varias veces durante su vida.

La inteligencia artificial multiplica esta necesidad.

El gran desafío educativo no consiste solamente en decidir si permitimos que un estudiante utilice inteligencia artificial para hacer una tarea. Consiste en descubrir cómo utilizarla para que millones de personas puedan continuar aprendiendo durante toda su vida.

Una causa nacional

Por eso sería un grave error convertir nuevamente la educación en una batalla entre gobiernos.

PISA no pertenece al PAN, al PRI, a Morena ni a la oposición. La Nueva Escuela Mexicanatampoco debe convertirse en un dogma que deba defenderse simplemente porque pertenece a determinado proyecto político.

Si funciona, demostremos que funciona. Si algo no funciona, corrijámoslo.

SOMOS propone una alianza entre gobierno, maestros, padres de familia, universidades, especialistas y sociedad civil para construir una verdadera política educativa de Estado.

Ampliemos esa convocatoria.

Incorporemos a empresarios, trabajadores, centros de investigación, organizaciones comunitarias y a los millones de adultos que necesitarán continuar aprendiendo. Incorporemos también a los millones de mexicanos que vivimos en Estados Unidos sin haber dejado nunca de sentirnos vinculados con la educación y el futuro de México.

Muchos hemos enseñado, investigado, creado programas y regresado una y otra vez para contribuir. México no debería desperdiciar ese capital de conocimiento, experiencia y voluntad de servicio.

Necesitamos una gran alianza educativa nacional que sobreviva presidentes, partidos, ideologías y sexenios.

Después de 25 años, PISA ya no nos está diciendo algo que ignorábamos.

Nos está haciendo una pregunta mucho más incómoda:

¿Cuántos años más necesitamos obtener resultados semejantes antes de aceptar que el problema educativo no se resuelve explicándolo, justificándolo o politizándolo, sino educando mejor?

La respuesta no puede esperar otros 25 años.

Mientras discutimos quién tiene la culpa, nuestros niños crecen, nuestros jóvenes ingresan al mercado laboral, las tecnologías avanzan y el crimen organizado también recluta.

La educación es demasiado importante para convertirla en ideología y demasiado urgente para seguir posponiéndola.

*Justo Martínez Carrillo es Doctor en Educación y funcionario de la Secretaría de Educación del Estado de Durango.
*Alfredo Cuéllar es profesor universitario retirado. Fue profesor en Harvard University, California State University, Fresno, San Diego State University y diversas universidades de México, Estados Unidos y otros países. Es autor de Micropolítica: El poder invisible en la vida cotidiana de las organizaciones y ha dedicado buena parte de su vida profesional al estudio, administración y planeación de la educación. Para la elaboración de este artículo se utilizó inteligencia artificial como herramienta de investigación, contraste de información y apoyo editorial. Las ideas, argumentos y conclusiones son responsabilidad de los autores.

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