noviembre 4, 2026

Sócrates en Atenas… Gran crítico de la democracia

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Siempre llama la atención la postura crítica de Sócrates hacia la democracia, surgida en la antigua Atenas, considerada por muchos como la cuna de ese modelo político.

Conviene precisar que buena parte de estas reflexiones nos llega mediante los diálogos de Platón, quien puso en voz de su maestro diversas ideas sobre las formas de gobierno. Por ello, no todas pueden atribuirse directamente al Sócrates histórico.

En La República, la aristocracia ocupa un lugar más favorable que la democracia, mientras que la tiranía se presenta como la peor forma de gobierno. Una de las advertencias centrales del diálogo es que la democracia puede degradarse y abrir paso a un poder tiránico.

Según ese planteamiento, el deterioro ocurre cuando la búsqueda de libertad se lleva al extremo y termina por desconocer las normas y rechazar cualquier autoridad. Esa dinámica puede manifestarse tanto en el gobierno como en las relaciones familiares y educativas, hasta desembocar, paradójicamente, en una forma de sometimiento.

La democracia puede convertirse así en la escalera de quienes buscan el poder como un fin en sí mismo. Llegan mediante sus procedimientos y después debilitan las reglas que hicieron posible su ascenso. Se presentan como demócratas, aunque sus prácticas contradigan los principios que dicen defender.

En el escenario internacional, considero que las actuaciones de Donald Trump, Vladímir Putin y Benjamín Netanyahu obligan a examinar esa distancia entre los discursos sobre libertad y seguridad y el respeto efectivo a las leyes y los derechos humanos. En el caso de Netanyahu, mi crítica se dirige particularmente a la ofensiva contra el pueblo palestino, justificada como una respuesta a Hamás y una defensa de Israel.

En México, el cuestionamiento también alcanza a gobernadores, alcaldes, legisladores, secretarios de Estado y rectores de universidades públicas que buscan prolongar su permanencia o conservar el control de sus respectivos ámbitos.

Se benefician de la democracia para llegar y después se olvidan de ella para perpetuarse en el poder. La ambición humana puede explicar esa conducta, pero no la justifica.

Otra preocupación presente en los diálogos platónicos es que las decisiones públicas se tomen sin conocimiento suficiente ni capacidad crítica, relegando las aportaciones de quienes cuentan con mayor preparación y experiencia.

El problema no es que la ciudadanía opine, sino que la popularidad de una propuesta sustituya el examen de sus argumentos. El llamado “gobierno de la opinión” describe ese riesgo: aceptar una idea porque satisface a la mayoría, sin revisar su fundamento.

La alegoría de la caverna, presentada por Platón en La República, ofrece una imagen útil para esta reflexión: personas que confunden las sombras con la realidad y encuentran dificultades para reconocer aquello que queda fuera de su experiencia.

Actualmente, muchas personas tienen en las plataformas digitales su principal fuente de información. Cuando sus contenidos se consumen sin verificación ni contraste, aumenta la posibilidad de manipulación. La herramienta no sustituye la responsabilidad de cuestionar lo que recibimos.

A ello se suma la habilidad de los demagogos para complacer los deseos del público. Una sociedad que escucha únicamente lo que quiere oír puede terminar respaldando decisiones contrarias a sus propios intereses.

Siglos después, el poeta romano Décimo Junio Juvenal formuló otra crítica mediante la expresión panem et circenses, traducida como “pan y circo”. No la propuso como una estrategia de gobierno: denunció la reducción de las aspiraciones públicas al sustento y al entretenimiento.

La referencia conserva vigencia cuando los gobernantes buscan adhesiones mediante beneficios y espectáculos, mientras relegan la atención de los problemas de fondo.

Los conciertos, la cerveza o el transporte gratuitos no constituyen, por sí mismos, prácticas clientelares. El cuestionamiento surge cuando se utilizan como instrumentos de promoción política o para desviar la discusión pública.

¿Será que, ante los problemas sociales actuales, necesitamos más del examen crítico de Sócrates y menos de las prácticas que Juvenal cuestionó?

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